Nunca he creído que los cambios políticos se expliquen por una sola decisión. Cuando una transformación es real, casi nunca irrumpe: se acumula. Se va formando a partir de conflictos persistentes, ideas que tardan en madurar, derrotas parciales y alguna victoria improbable que, con el tiempo, desplaza marcos que parecían intocables. En el País Valencià, el cambio de 2015 respondió a esa lógica lenta y coral. Fue el resultado de años de desgaste social, de luchas territoriales, de pérdida de legitimidad del poder y, sobre todo, de aprendizaje colectivo.

Vista con perspectiva, mi trayectoria carece de sentido como relato individual. Solo se entiende como parte de un hilo ecosocial que atraviesa tres décadas. Por eso, lo que sigue no se organiza en torno a cargos ni instituciones, sino alrededor de ciclos de movilización social. Las responsabilidades de todo tipo aparecen subordinadas a ese hilo principal, porque fue ahí —en la calle, en las plataformas, en los conflictos concretos— donde se produjo el aprendizaje político decisivo.